miércoles, 26 de febrero de 2014

CAPITULO 14



CAPITULO 14

La disciplina esotérica es muy exigente. No debemos confundir la santidad con la santurronería. El tipo humano de santurrón, ha llenado el mundo de lagrimas. El santurrón fanático se horroriza de todo. Un santurrón tenebroso cuando vio la escultura mexicana del Dios Murciélago, dijo que eso era magia negra. Para el santurrón hasta las cosas más divinas son magia negra. A la maestra Litelantes la criticaban las hermanas espiritualistas porque ella no comulgaba con sus santurronerías. La odiaban las santurronas porque ella no compartía sus parlanchinerías de loros, que dicen y no hacen y que hablan lo que no saben. El santurrón sólo vive de visita mariposeando de escuela en escuela y sentado siempre en cómodos sillones. El santurrón odia la magia sexual y vive siempre lleno de miedo.    

Goza el santurrón con las teorías y se cree en el reino de los superhombres. El santurrón es tan imbécil que se atrevería a excomulgar a un Ghandi o un Jesucristo, si lo sorprendieran comiéndose un pedazo de carne. Este es el tipo de santurrón, siempre fanático, siempre miedoso, siempre fornicario.                  

Los santurrones creen siempre que Jesucristo era un mentecato lleno de santurronería. Se equivocan esos loros del acuarius, del teosofismo, del espiritismo, de la rosa-cruz, etc.

Cristo Jesús fue un revolucionario terrible, un Maestro muy severo y solemnemente dulce. Así es la santidad, severa y dulce.

El verdadero santo es un perfecto caballero que cumple totalmente con los diez mandamientos de la ley de Dios y que sabe manejar su espada cuando se necesita, para defender el bien, la verdad y la justicia. El verdadero santo nunca lo anda diciendo y siempre se conoce por sus hechos. "Por sus frutos los conoceréis".
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