CAPITULO 14
La disciplina esotérica es muy exigente. No
debemos confundir la santidad con la santurronería. El tipo humano de
santurrón, ha llenado el mundo de lagrimas. El santurrón fanático se horroriza
de todo. Un santurrón tenebroso cuando vio la escultura mexicana del Dios
Murciélago, dijo que eso era magia negra. Para el santurrón hasta las cosas más
divinas son magia negra. A la maestra Litelantes la criticaban las hermanas
espiritualistas porque ella no comulgaba con sus santurronerías. La odiaban las
santurronas porque ella no compartía sus parlanchinerías de loros, que dicen y
no hacen y que hablan lo que no saben. El santurrón sólo vive de visita
mariposeando de escuela en escuela y sentado siempre en cómodos sillones. El santurrón
odia la magia sexual y vive siempre lleno de miedo.
Goza el santurrón con las teorías y se cree en
el reino de los superhombres. El santurrón es tan imbécil que se atrevería a
excomulgar a un Ghandi o un Jesucristo, si lo sorprendieran comiéndose un
pedazo de carne. Este es el tipo de santurrón, siempre fanático, siempre
miedoso, siempre fornicario.
Los santurrones creen siempre que Jesucristo
era un mentecato lleno de santurronería. Se equivocan esos loros del acuarius,
del teosofismo, del espiritismo, de la rosa-cruz, etc.
Cristo Jesús fue un revolucionario terrible, un
Maestro muy severo y solemnemente dulce. Así es la santidad, severa y dulce.
El verdadero santo es un perfecto caballero que
cumple totalmente con los diez mandamientos de la ley de Dios y que sabe
manejar su espada cuando se necesita, para defender el bien, la verdad y la
justicia. El verdadero santo nunca lo anda diciendo y siempre se conoce por sus
hechos. "Por sus frutos los conoceréis".
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